martes 9 de febrero de 2010

El placer de vivir: El Libro de la Selva

Hace unos días, volví a reencontrarme con éste clásico Disney de 1967 cuya fuerza olvidé al marginarla como mero recuerdo de la infancia. Pero ahora, el shock salvaje que me ha provocado esta película me obliga a escribir una merecidísima reseña.

(Casi) Todos conocemos ya la trama de El Libro de la Selva, las aventuras de un joven Mowgli a través de la inhóspita selva, acompañado por un oso vividor y una pantera rancia con el fin de llevar al niño con los humanos y salvarlo así de una muerte segura a manos de un tigre diabólico. ¿Típica historia Disney? Pues no.


No recuerdo ninguna otra cinta de la monopólica factoría que posea semejante contenido moral, idealista y filosófico. Y mucho menos, narrado con tantísima lucidez. No me he fumado un porro, no veo colores en el blanco y negro; cada diálogo y situación lo confirma con transparencia, se ve y se entiende sin pensarlo. Para un crío normal, El Libro de la Selva es un auténtico orgasmo de imágenes fastuosas, música a tope y frenesí, algo así como zamparse 20 sugus y 50 lenguas pica pica montado en la Rana de la feria. Para un adulto (sensible), es eso y mucho más, una lección de vida.


Durante toda la película, asistimos a una duelo maravilloso entre la optimista y drogada filosofía de vida del oso Baloo y el exasperante sentido de la responsabilidad de la pantera Bagheera. Un duelo que resulta maravilloso porque nos confirma la grandeza del equilibrio que se da entre la existencia plena, sencilla y epicúrea del vividor, y el necesario saber hacer de la frialdad mental del práctico. Vivir sólo del placer puede matarte, pero vivir severamente sin disfrute puede transformarte en zombi. Como si de un teatro se tratara, el oso y la pantera preparan (sin saberlo, pues no dejan de discutir) al joven Mogwli para la madurez. El refrán “cada oveja con su pareja” de El Libro de la Selva, no lo debemos entender mal: la obsesión de la curiosa pareja por llevar a Mogwli con los humanos no forma parte de un cristiano mensaje de limitación y catalogación. En absoluto, se trata sencillamente de destruir las falsas ideas modernas de que la selva (la naturaleza en su estado más puro) es un jardín de flores cantarinas que podemos manejar a nuestro antojo. El mensaje ecologista está muy presente en ese discurso, obviamente, pero construido muy lejos de las modas green actuales, mostrándose como una verdad tan clara y necesaria que su comprensión no puede estar sujeta a excusas.


El Libro de la Selva, por suerte, no es sólo eso. Debemos mencionar dos aspectos cinematográficos que hacen que la película de Wolfgang Reitherman sea una producción brillante: su narración y la banda sonora. La dirección es exquisita, no sólo nos expone una película elegantísima, si no que también la hace arrolladoramente entretenida, apoyada sobre un divertido guión muy práctico que no se pierde jamás en gilipolleces (uno de los grandes pecados que siempre comete Disney, la dilatación innecesaria) y que nos presenta la historia de forma rápida, sencilla pero también profunda, sacando todo el jugo posible a la efectiva estructura de La Divina Comedia que, a través de un guía nativo, le presenta al protagonista un mundo y unas ideas construidos mediante una serie de situaciones y personajes simbólicos muy concretos (la serpiente tentadora que confunde, los elefantes militares robóticos, los buitres tristes, el oso profeta, los monos avaros y mentirosos...).


Todo este pack se completa, finalmente, por una banda sonora que es gozo absoluto, el descontrolado hervidero de vida en una selva que nunca calla. La exótica partitura instrumental se mezcla con unas canciones frenéticas de ritmos alocados sabiamente al cargo de maestros como Louis Prima, Pat O’Malley o George Bruns. Con inspiradoras letras que, al son de rock, blues y el jazz más movido, crean este placer desatado que complementa a una narración práctica, la puntita final de ese equilibrio grandioso que acaba siendo El Libro de la Selva.



Cine puro.




martes 2 de febrero de 2010

El Ciclo: Primavera, Verano, Otoño, Invierno...y Primavera

“Primavera, Verano, Otoño, Invierno…y Primavera”, dirigida en 2003 por el coreano Kim Ki-Duk, nos ofrece una proyección sencillísima, que no poco profunda, sobre el ciclo de la vida, basada concretamente en la cultura budista.

El film nos relata en potentes y fuertes imágenes la vida de un aprendiz budista, desde su infancia hasta su vejez. Cada estación del año, desde primavera hasta invierno, es, como en la naturaleza, una estación de su propia vida, donde se van manifestando los particulares cambios que nacen dentro del ser humano: la evolución, tanto física como espiritual.

Aunque la lectura de esta hermosa película puede hacerse globalmente, independientemente de qué cultura se siga o a qué religión se pertenezca, Kim Ki-Duk escogió la ideología budista para ejemplificar lo que para él significa la vida. El concepto y eje sobre el que rota la película es el “Dukkah”, una de las cuatro Nobles Verdades del budismo, que puede traducirse como sufrimiento, aunque sea impreciso, pues con esto parece que Buda nos diga que la vida es sólo sufrimiento, algo que nos podría hacer pensar erróneamente que el budismo es pesimista. Para ser felices y llegar a auto realizarnos como personas, debemos recorrer un camino de dolor, angustia y sufrimiento, y este proceso es arduo y lento.

La película emerge con la infancia, dentro de la hermosa y virgen primavera, donde la idea de inocencia es el foco de atención. En la infancia no sabemos darle valor a las cosas, ni tampoco discernir entre el bien y el mal. Nos reímos de la vida, y de lo simple que aparenta ser, y el dolor, el sufrimiento y la muerte son conceptos inexistentes. En este momento se plantea el concepto de Dukkah, ya que ese desconocimiento del dolor le llevará a experimentarlo para saber que, para vivir plenamente, hay que sufrir. Un primer contacto.

Tras la primavera, nos adentramos en la calurosa y espesa estación de verano. En esta época, hallamos lentamente nuevos deseos en la vida. Queremos conocer nuevas experiencias, tocarlas y sentirlas, aunque tengamos que saltarnos las normas para conseguirlas (porque una vida de placer merece la pena). Anhelamos el amor y la pasión, que es fruto de un impulso natural de comunicarnos con otras personas.

Entre verano y otoño estaríamos envolviéndonos por la segunda Noble Verdad del budismo, dukkha-samudaya-ariyasacca: la sed de deseos sensoriales que termina por desatar el egoísmo y los actos más repugnantes del ser humano.

Así pues, se da paso a la inconsolable estación de otoño, siempre triste. Después de no poder frenar ese impulso de pasión y autoexploración sexual, y tras caer en el descontrol y la indisciplina, nos corrompe la ira, sentimiento que conduce a la irracionalidad, la locura y el asesinato.

Tras esa fase incendiaria, llegamos al escarchado invierno (y a la madurez) dónde afrontamos nuestros pecados, y buscamos la redención y la purga. En esta estación se describe y se metaboliza el concepto del equilibrio vital entre mente y cuerpo. Mediante este doloroso proceso, se paga por todo lo que hemos hecho e intentamos alcanzar la paz. Esto se basa en un viaje hacia la tercera Noble Verdad, que es Nibbana, una cesación de Dukkah. Para eliminar la avidez y el egoísmo hay que extinguir el deseo, es decir, debemos emprender la purificación, el sacrificio, el trabajo, la disciplina y la perseverancia.

Y en último lugar, tras el denso y sosegado aprendizaje sobre la vida, el camino termina cuándo alcanzamos la autorrealización y la cumbre espiritual. En esta cumbre, volvemos a la mística y floral primavera, dónde toda vida renace de nuevo, y dónde la oscuridad desaparece para que vivos colores se adueñan poderosamente de toda la pantalla. Una proyección del Noble Óctuple Sendero, la cuarta Noble Verdad, el Camino Medio, ya que el personaje aprende a encontrar su centro, el equilibrio tanto en la felicidad que provocan los sentidos, como en el sufrimiento.

En definitiva, “Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera” es un buceo dentro de un cuento metafórico lleno de simbolismos, narrado con una impecable realización que reluce por su simplicidad. Kim Ki-Duk ha demostrado ser capaz de plasmar con extrema perfección la naturalidad de la vida, porque ésta es igual de campechana, sin pretensiones. No tenemos porque mentir, camuflar, manipular o exagerar este cuento: la vida es así de simple.

-Este artículo está dedicado a tres personas: A Miguel Galván por darme la oportunidad de escribir en este fantástico Blog. A Rubén Feijoo por aconsejarme y dejarme la película. Y a Toni Cardona, tanto por recomendármela, como por su inconmensurable ayuda sobre la cultura budista. Gracias a todos.


martes 19 de enero de 2010

Los problemas sin respuesta: Un tipo serio

Otra historia de los hermanos Coen que llega silenciosa y se desliza por debajo de la puerta, inadvertida, para luego atacarnos con su peligroso humor ácido.

Suena Jefferson Airplane, retrocedemos cuarenta años, y la historia nos sitúa en la vida de Larry Gopnik, un judío políticamente correcto. Larry se encuentra atascado en la vida porque empieza a tener todo tipo de problemas cuyo origen desconoce. Es un profesor de matemáticas, y no se entiende ni a sí mismo. El caos llega a su vida, y Larry cae en un abismo autodestructivo, dándose cuenta que ni sus matemáticas pueden darle sentido a todo lo que está pasando. Al hundirse en este indescifrable lodo (ese que consiste en sufrir problemas que no sabemos ni cómo han venido), Larry intenta encontrar respuestas en la élite de los rabinos sabios, y nos contagia la misma obsesión inconclusa, ¿qué es lo que está pasando?

Para los que no conozcan el cine de los Coen, “Un Tipo Serio” provocará escozor y sodomía audiovisual. Jamás entenderán qué han visto y tendrán pesadillas porque pensarán en las mentes retorcidas que han hecho posible algo así. Para los que se sienten adictos a las golosinas que acostumbran a darnos, descubrirán que en esta cinta se han dejado grapado algo totalmente personal y espiritual.

No quiero crear un mito snobista, pero ésta es la historia que llevaban persiguiendo durante muchos años. Tras “No es país para viejos”, que ganó cuatro Óscar, dos Globos de Oro y una lista de premios ilegible, y de “Quemar después de leer”, que vendió a un Brad Pitt gamberrete y un George Clooney esperpéntico, se nota que la taquilla y la crítica, como rara vez ocurre, se portó bien con ellos. Han ganado terreno y facilidades, y ese es justamente el precio para hacer lo que les ha dado la gana, que es una película a su medida, íntegramente libre, única.

En “Un Tipo Serio” todo forma parte de un complejo y retorcido mundo donde cada plano nos proyecta la cotidianidad de una forma encrespada. Las miradas de los personajes lo dicen todo, el diálogo únicamente entorpece más el desarrollo: es el desconocimiento de la vida misma. Los personajes, bizarros, son una estridente caricatura, son personas incomprensiblemente ineficaces, frías, muñecos raros que sólo empeoran la situación del protagonista y la desgastan. Todo lo que rodea a Larry se pone en su contra, nada es entendible.

Los problemas, que cada vez empeoran, crean una enorme bola de fuego muy típica en las películas de los Coen, una extraña bola letal que contagia tensión y atracción al pensar cuándo, dónde y contra qué va a estallar. Nos tropezamos con situaciones tan serenas y dramáticas, que no sabemos si llorar desconsoladamente o partirnos el culo de risa. Ese mismo principio de incertidumbre y de sentirnos perdidos por no saber cómo interpretar lo que está sucediendo es el mismo principio que afecta a Larry, y es lo que te hace trabajar el coco y te crea cosas por dentro del estómago. Es el mágico agujero de “Un Tipo Serio”, el huracán de mierda que envuelve toda la trama, el mismo huracán que llega a hacerse corpóreo y se manifiesta con fuerza.

La ridiculización de la religión judía también tiene su lugar, personificada como un embrollo farragoso de nombres y tradiciones impronunciables hasta para ellos mismos. Los judíos más sabios que atienden al desesperado Larry, supuesta panacea intelectual y espiritual, son el vacío más entristecedor, la nada. El no avance y la frustración, personas que sólo hablan de banalidades y cobran facturas.

Por último, la visión de que el mundo entero es algo raro, se hace una realidad en una historia independiente que nos cuentan al principio del film, una historia que podía ser perfectamente un cortometraje aparte. En ella, nos hablan sobre un anciano acusado de ser un dybbuk, un espíritu maligno nacido de la cultura judía y que puede poseer criaturas.
En este pequeño cuento, vemos a los Coen desnudar el folclore y la superstición; en realidad nos quieren contar que todo lo que ocurre en la vida, como al desgraciado y atormentado protagonista, no depende de un Dios omnipotente, sino de la trivialidad.

Y aún así, nos encaprichamos en buscar el misticismo dónde no lo hay, de la misma forma que Larry se refugia en la religión, el único sitio donde parece resguardado, intentando conocer la palabra de Yahveh, porque es demasiado cobarde como para enfrentarse a la vida él solo.

Por Romu A.

martes 12 de enero de 2010

Para reírse mucho y bien: Lluvia de Albóndigas.

Hace ya unos años, el fallido documental Super Size Me dio pie a un número considerable de películas que criticaban la obsesión por la comida basura y los hábitos alimenticios de occidente. Algunas mediante el análisis más serio, otros con un toque de comedia. Ninguna de ellas, sin embargo, alcanza ni de lejos el lúcido descaro de esta pequeña joya de animación gástrica que nos ha regalado (sorprendentemente y sin ser Pixar) la otra gran McDonald's: Hollywood. Basándose en el cuento fantástico de Judi Barrett, Lluvía de Albóndigas (cuyo título original por desgracia se perdió en la traducción: Cloudy with a Chance of Meatballs) nos ofrece una trama típica de superación personal y niños frikis marginados en plena crisis existencial, abrigados por la decadencia en auge de los valores de una sociedad que se pirra por la rapidez y el mínimo esfuerzo. Flint, un joven científico obsesionado con inventar algo que funcione y le haga famoso, ve la oportunidad de éxito cuándo su diminuto pueblo se sume en la miseria tras el cierre de su única fuente de ingresos: la manufactura de sardinas enlatadas. Tras años de monótono menú a base de excedentes de sardinas, Flint creará una súper máquina capaz de transformar, de forma instantánea, el agua en cualquier clase de comida, así como transformar la estabilidad atmosférica de la Tierra en la mayor catástrofe que el ser humano haya concebido jamás.

Con semejante argumento en manos de talentosos profesionales, no es de extrañar que los prejuicios que uno pueda tener vayan disipándose por completo minuto tras minuto de metraje. Los directores y guionistas Phillip Lord y Chris Miller dan con la forma perfecta para estructurar el mejor y más contundente discurso crítico proyectado en un cine sobre la comida basura y otras muchas cosas íntimamente ligadas al consumo en exceso de productos rápidos. Claro que podría haber sido más contundente, pero Lluvia de albóndigas (por suerte) no es como las amarillentas películas de Michael Moore; es un espectáculo de masas, y la mejor manera de educarlas es dándole lo que quieren (o creen querer): acción y aventura.

Asistimos, por tanto, a un espectáculo épico de elaboradas maravillas visuales y movido ritmo. Poco a poco, los hilarantes gags pasan de la risa a la carcajada limpia, homenajeando y ridiculizando los tópicos más célebres de las películas de acción y catástrofes (Twister, Indepence Day, Armaggedon, Dante's Peak...) con notable inteligencia y una elegancia que se mantiene hasta sus preciosos títulos finales. En nuestra memoria quedará para siempre el terrible estreno mundial de una novata chica del tiempo y el necesario cachondeo posterior.


Y muchos se preguntan, ¿Qué la diferencia de una de Pixar? Pues su falta absoluta de pretensiones artísticas y su brillante parecido a lo mejor del cine de los 80. Claro que podía ser aún mejor, no es una película perfecta y tiene momentos de pura emoción yanqui, pero consigue que nos riamos muchísimo de nosotros mismos. Y viendo como anda el panorama, es un gustazo muy sano.

Es una pena que se la pueda menospreciar por su carencia absoluta de seriedad ante un tema social realmente preocupante y por su pésima campaña publicitaria, aunque poco importa, porque Lluvia de albóndigas se dirige a un público más bien infantil que asimilará a la perfección las tajantes premisas de la película. Y con el tiempo, quizá esa generación empezará a mirar todo lo que tiene y cuánto le rodea y entenderá que nada de eso cae del cielo, que el paraíso no existe, y que si lo manufacturamos será siempre pagando una salvajada, a plazos y con asquerosos intereses.

viernes 4 de diciembre de 2009

Microcosmos (le peuple de l'herbe)

Desde hace más o menos una década, los documentales de naturaleza han sido marginados a las tardes de domingo para inaugurar una deliciosa siesta. Cuando pensamos en ellos, nos viene a la cabeza la serie de National Geographic o los documentales del canal Odisea, a los que acude mucha juventud para acompañar sus sesiones marihuanescas. Pero existe todavía una extraordinaria fracción de los documentales de naturaleza que sobrevive tímidamente al sobresaturado género televisivo: los cinematográficos. Será por su notablemente más caro coste de producción (qué solo es posible afrontar cuándo se tienen realmente muchas ganas) lo que seguramente haya propiciado la creación de documentales cuya función no es únicamente mostrarnos una realidad natural y científica, si no ir más allá de la clasificación latina y adentrarse en los profundos y peligrosos límites de la belleza y la poesía. Usar la evidencia científica y biológica para apoyarse en un ensayo profundo (a veces incluso filosófico) sobre la vida y sus formas, fascinándonos sin remisión ante una realidad que se transforma en magia. Estos documentales son el giro de tuerca del género, una visión casi mística de la sofisticada vida “primitiva” que nos ayuda a entender y amar aquello que nos rodea y que siempre ha estado allí, y no por obligaciones ecologistas, ni por respeto, si no por la sencilla y humilde fascinación que debe atraparnos al contemplar la hermosa y cruda realidad de la vida descontaminada de todo atributo superficial. Cómo dicen muchos, la belleza de lo práctico, de lo que “es” porque no puede ser de otra forma.

Deep Blue, Nómadas del viento, El viaje del Emperador o incluso las series de tv Planeta Tierra y Naturaleza Salvaje, son algunos ejemplos extraordinarios de hacer CINE con unos actores y decorados tan perfectos que la mano del hombre no podrá superar jamás. Ninguno de los títulos anteriormente mencionados, sin embargo, alcanza la belleza poética de una pequeña obra de arte filmada en 1996 en manos de una pareja de lúcidos biólogos y cineastas que captaron con sensible paciencia la explosión de vida que se da en una diminuta parcela de campo del pre-Pirineo francés: Microcosmos (le peuple de l’herbe).

Mediante una serie de novedosos y apabullantes procedimientos técnicos (merecidamente galardonados con el Technichal grand prize del festival de Cannes y 5 premios César), Claude Nuridsany y Marie Pérennou filmaron al detalle la vida en “miniatura” absolutamente en todas sus facetas, trasladándola (quizá sin pretenderlo) al terreno filosófico de la esencia de toda vida, incluyendo, naturalmente, la humana. En Microcosmos se nos divide la existencia en capítulos de una sencillez muy agradecida. Vemos el Amor materializado en la cópula entre caracoles, la eterna Lucha en el combate de escarabajos, el Crecimiento en la lenta evolución de la vegetación, la Muerte y el Caos en la catastrófica tormenta de lluvia y viento… ; todo envuelto por una visión realmente cinematográfica de los acontecimientos, utilizando todos los recursos narrativos del cine (guión, luz, sonido, música, planos, enfoque y montaje) perfectamente calculados para ofrecernos un espectáculo épico sin precedentes (y sin trampa).

Y es que, al margen de sus pretensiones temáticas, Microcosmos es también un filme poderosamente entretenido, estructurado como la clásica historia de vidas cruzadas con un reparto coral de fascinantes y preciosos personajes. La excelente y sugestiva calidad estética de la película se da en gran parte por su exquisita fotografía, una cámara prodigiosa (se llevaron las técnicas de fotografía macro a sus últimas consecuencias) y por la memorable e insólita banda sonora compuesta por Bruno Coulais, que termina de dar el toque necesario para que Microcosmos, entre muchas otras cosas, sea un verdadero cuento de hadas. También cabe destacar el montaje de F.Ricard y M.Yoyotte, que lograron (y de qué manera) dar orden a las docenas de horas filmadas de este crisol natural regalándonos una película entretenidísima, y el diseño sonoro de Bernard Leroux porque, y esto bien sabido, nunca antes en toda la historia del cine una película documental se ha oído como ésta; no sólo vemos a las criaturas tan grandes como gigantes de película de aventuras, sino que los oímos pisar y respirar como tales.

Microcosmos es un baile continuo, una danza que pasa de la vida a la muerte, de lo vistoso a lo feo, del sexo al asesinato, de lo corriente a lo exótico…, bajo una mirada que lo observa todo con naturalidad y comprensión, que sabe y nos hace saber que la vida es todo eso y más, y que parte de su belleza reside en la diferencia y la variedad. Microcosmos nos demuestra tajantemente que en la sencillez de lo práctico puede residir la más arrebatadora de las bellezas, una magia muy real que cautiva con una premisa que nos llena de necesario optimismo: que la vida, como el amor, se alimenta de sí misma, y que no tiene otra finalidad que perpetuarse de una forma imparable e infinita.

Aquí os dejo una bellísima escena de la película con su banda sonora.

domingo 1 de noviembre de 2009

Fe, comercio y machismo: Las hermanas de la Magdalena (2002)

“En la Magdalena tenemos una filosofía muy sencilla. A través de la oración, la limpieza y el trabajo, las que han caído pueden volver a Jesucristo nuestro Salvador. […] En nuestra lavandería no sólo hay ropas y sábanas, sino los medios necesarios para limpiar vuestras almas y para borrar todos los pecados que habéis cometido. Aquí os redimiréis, y con la ayuda de Dios os salvareis del fuego eterno… El desayuno es a las 6, se reza a las 6 y media, el trabajo empieza a las 7.” Con estas palabras, se introduce en “Las hermanas de la Magdalena” el personaje de la madre superiora, uno de los villanos (y con todo lo que su personaje representa) más logrados del cine contemporáneo. Escrita y dirigida por el actor inglés Peter Mullan, la película narra la historia real de cuatro muchachas que, en los años 50, fueron marginadas por sus familias e internadas en uno de los cientos de reformatorios cristianos en los que, mediante la esclavitud y la tortura física y psicológica, se las pretendía conducir hacia la salvación espiritual.

Con “Las hermanas de la Magdalena” nos sumergimos hasta el fondo y abismo de una pequeña autocracia religiosa establecida en una isla atemporal en forma de convento. En ella, y conducidos por 4 chicas cualquiera que representan a todas, vivimos el horror y la decadencia a las que las muchachas son rebajadas con peligrosos fines lucrativos, silenciados durante décadas y tolerados por la población. Las lavanderías en las que eran esclavizadas las muchachas, y dónde la tortura y el aislamiento eran justificados, generaban una grandísima cantidad de beneficios, y estaban protegidas legalmente por ser obra de Dios y bajo el amparo de la Santa Iglesia.

Se trata, por tanto, de una película de profundísimo contenido crítico, que no pretende únicamente denunciar la exageración perversa de la Iglesia, sino también un machismo venenoso contagiado a las mismas mujeres. Porque el mundo que juzga a las chicas que han tenido un bebé sin estar casadas, o que han tenido una relación sexual pecaminosa, o porque sencillamente tienen una personalidad dada a la seducción, es un mundo de hombres, y el mundo de mujeres (en este caso de monjas) al que son marginadas se trata de una mera continuación de esa misma tierra machista a la que tampoco pueden escapar. Las Magdalenas están condenadas, tanto dentro como fuera, y eso es precisamente lo que Peter Mullan nos demuestra con este terrorífico cuento de perversión y horror psicológico. Por suerte, Mullan se transforma en un profesor con el don del cine, y nos ofrece una auténtica lección de historia con necesarias pretensiones de crítica y homenaje moral. Y, a su vez, un producto cinematográfico arrolladoramente entretenido y fascinante, tan perturbador como austero, sin tender jamás al sentimentalismo forzado ni a las concesiones fílmicas. La historia de las hermanas de la Magdalena se nos cuenta con muchísima inteligencia, ferocidad y lucidez, amparada por un guión meticuloso en sus diálogos y situaciones, una puesta en escena efectiva y muy sugestiva, y por un reparto magnífico de actores. Cabe destacar el terrorífico personaje de la madre superiora (interpretada por una maravillosa Geraldin McEwan), que ejemplifica a la perfección la enajenación mental de algunos líderes religiosos que destruyen y diezman a las personas por su propia ignorancia y su fe hipócrita y exagerada.

El escándalo mediático provocado por “Las hermanas de la Magdalena”, que ganó el León Oro del Festival de Venecia, abrió una fuerte brecha de debate en relación a lo crímenes contra la humanidad perpetrados por la Iglesia y en nombre de Dios, facilitando, a su vez, que más de 30.000 mujeres retenidas en el pasado, se atrevieran a denunciar y declarar los abusos y vejaciones que sufrieron en los conventos de la Santa Magdalena repartidos por toda Gran Bretaña e Irlanda. La Iglesia llegó incluso a pedir perdón oficialmente por las miles de vidas y familias destruidas en estos internados cristianos, el último de ellos cerrado en el año incomprensiblemente actual 1996. En nombre de Dios o de Carmen de Mairena puede hacerse cualquier cosa. Y se hace.

Aquí os dejo una escena de la película que he extraído del dvd.

domingo 25 de octubre de 2009

La locura en el cine: Canción de cuna para un cadáver (1964)

Tras el éxito de público y crítica de la soberbia ¿Qué fue de baby Jane?, el director Robert Aldrich y la inmortal Bette Davis hicieron dueto nuevamente para dar forma a otra esperpéntica historia de misterio con una protagonista sumida en la más absoluta demencia. En los años 20, se celebra una gran fiesta en una de las grandes mansiones de la zona sureña de EEUU. La dulce y adolescente Charlotte, cuyo padre se ha enterado del affair de su hija con un hombre casado, encuentra a su amante decapitado y sin la mano derecha. Décadas después, Charlotte es una anciana demente, sola y marginada en su mansión por una sociedad que la ha acusó siempre por el terrible asesinato. Enamorada de su difunto amante y trastornada por unos acontecimientos demasiado siniestros para una niña, la llegada a su casa de su misteriosa prima reavivará en Charlotte los horrores del pasado y la enfrentarán cruelmente a una verdad escalofriante.

Con Canción de cuna para un cadáver (Hush Hush… sweet Charlotte), Aldrich y Davis culminaron su díptico sobre el esperpento y la locura, una joya bizárrica y exótica que no dejó (ni deja) indiferente a nadie. Si ¿Qué fue de Baby Jane? exploraba el lado más grotesco y cruel de la locura, Canción de cuna para un cadáver ahonda en su parte más dramática. Obsesionado con el Peter Panismo y la degradación visual de Bette Davis, Robert Aldrich nos presenta a una Charlotte aún anclada en la edad en la que se produjo el crimen y el eterno shock que sufrió su cerebro. Una niñita mimada de 70 años atormentada constantemente por el pasado sin posibilidad alguna de madurar ni afrontar. Odiada por todos, torturada y utilizada. Su único contacto con el ser humano es du fiel criada, en cuya extravagante y excesiva personalidad vemos reflejados los años de aislamiento con su loca ama, en una gran mansión que decae y se pudre por momentos.

Canción de cuna para un cadáver, consciente de su propia monstruosidad, fluctúa constantemente entre el terror, el drama y la comedia del humor más negro posible, sin llegar a ser ninguno de esos tres géneros. Aunque la fusión entre ellos resulta escalofriante, pues ese caos de enfoque cinematográfico aumenta en el espectador su empatía hacia la esquizofrenia de Charlotte, que es incapaz de saber qué está ocurriendo a su alrededor, hecho que se potencia con unos giros de guión alucinantes e inesperados que terminarán por confundirnos. Hay que destacar su maravilloso ambiente expresionista, que reparte sombras y luz ultra contrastada con una lucidez aterradora; técnica que se llevará al extremo para mostrarnos la mansión de Charlotte como un burbuja temporal muy siniestra y sumergida en el pasado, fiel reflejo de su misma propietaria.

La interpretación de Bette Davis es extrema y poderosa, grotesca cómo exigía su personaje. Tanto, que nos hace dudar (cómo en ¿Qué fue de Baby Janes?) de si la actriz no estaba realmente como una chota. A su lado tenemos una de las decisiones de casting más lúcidas de la historia, Olivia de Havilland (marcada para siempre como la eterna mujer buena y generosa de Lo que el viento se llevó) que interpreta con una fuerza insólita el papel de suma villana. Un cínico y burlesco Joseph Cotten y una colosal Agnes Moorehead como la fiel criada (ganadora del Globo de Oro por ésta película), completan un reparto magnífico y sobrecogedor.

Canción de cuna para un cadáver quedará entre los paradigmas cinematográficos de una forma de hacer cine que ya ha desaparecido y que merece la pena recordar alguna vez.

Aquí os dejo un pequeño fragmento de la película, la sarta de bofetadas más maravillosa que hayamos podido ver.